En una simple imagen podemos resumir lo triste de esta historia. Un pentacampeón de Europa y bicampeón del mundo llega de conseguir una azaña que nadie había conseguido en 40 años, y mucho menos ningún patinador español, y llega a Barajas para encontrarse la siguiente estampa.
No, no son ni aficionados con pancartas, ni medios de comunicación. Lo que Javier Fernández se encuentra al llegar a casa, es la soledad. Es la cara más amarga de los deportes minoritarios representada por un solo hombre.
Nunca en la historia del deporte español habíamos contado con un patinador que contase con tantos premios como tiene Javier. Deberíamos sentir el orgullo de que esté considerado como uno de los mejores patinadores de todos los tiempos, pero no, a pesar de ello, dejamos que sea en otros países donde reciba el cariño de sus gentes.
Luego, muchos criticarán que se vaya a vivir fuera, la mayoría de los cuñadisimos dirán que es por no pagar impuestos, pero no me extraña que Javi prefiera vivir en un país en el que se sienta arropado y querido, que no en su propio país, en el que se recibe con más cariño a un equipo que simplemente se ha ido a jugar un partido a otro país, que a un cinco veces campeón europeo. Pero claro, volvemos a lo de siempre, el fútbol juega en otra liga que el patinaje artístico.
Ver imágenes como esta me dan vergüenza, y no solo como amante del deporte, sino como española. Inculcamos a los niños unos valores equivocados, que ni siquiera nosotros somos capaces de seguir. ¿Cómo le puedes explicar a un niño que quiere ser patinador o bailarín de ballet, que persiga sus sueños, si por otra parte le muestras que por mucho que logre en su vida, nunca obtendrá su reconocimiento porque no va pegando patadas detrás de un balón?
Y así, señoras y señores, así va el país.






